29/6/12
Salir del aparato
La reciente campaña de Moyano para ganar notoriedad política y mediática dejó varias conclusiones con respecto al futuro político del país.
Por un lado, ya es poco disimulable la alianza entre tres referentes de la "derecha" del peronismo, como Scioli, De Narváez y el propio Moyano, con vistas a 2015. Alianza a la cual podría sumarse a Massa y con la cual coquetea el más presidenciable de la oposición, el jefe de Gobierno Mauricio Macri, que no se anima todavía a fotografiarse con ellos pero que hace saber, con sus declaraciones, que no le daría asco acercarse a negociar -por lo menos no políticamente-.
La cuestión más interesante, sin embargo, está del otro lado, si es que existe otro lado. Se supone que dicha alianza se está creando para enfrentar a Cristina Fernández, si ésta decide reformar la constitución para presentarse a la re-reelección. No obstante, obviando por un instante esa remota posibilidad -y la reforma constitucional que están agilizando referentes kirchneristas como Yaski, Forster o D'elía- es difícil imaginar un frente político más allá de la figura de la presidente. No existe en su órbita una figura fuerte que asegure la continuidad del movimiento en el poder.
Ahí es, entonces, donde radica mi duda. ¿No es hora, de una vez por todas, de romper con el aparato peronista y consolidar, a través de la figura de Cristina, un movimiento de centro-izquierda que enfrente a la derecha sindical y burocrática de la alianza antes mencionada? ¿No es hora de buscar una renovación, con gente que jubile políticamente a la innumerable cantidad de impresentables que rodean a la presidente? Alguno dirá, y con razón, que la cara de esa renovación es la notoria agrupación La Cámpora. Sin embargo, todavía hay una apertura pendiente en el ala "izquierda" del movimiento -virtualmente representado por la propia Cristina- hacia nuevas alianzas y orientaciones que le permitan crear una alternativa progresista fuerte en todos los sectores. Así, tal vez, se encuentren los referentes necesarios para lo que viene. Así, tal vez, veamos desaparecer a los mencionados impresentables. Y así, tal vez, como el kirchnerismo dice haber sido una etapa superadora del peronismo, nazca con una nueva etapa superadora, que ya no se resuma tan fácil con un ismo.
1/6/12
Botas por cacerolas
¿Es casualidad que los únicos dos cacerolazos del mandato de Cristina Fernández se hayan dado en el marco de conflictos con los dueños de la tierra? ¿Es casualidad que estos cacerolazos hayan sido en los barrios más pudientes de la capital? ¿Será, acaso, que la clase media-alta tiene un particular cariño para con este sector económico?
El cacerolazo de ayer, mucho menor en dimensión que aquel de 2008, se organizó supuestamente como protesta contra la corrupción del gobierno y se usaron como disparador las desafortunadas declaraciones de un cada vez más impresentable Aníbal Fernández. Sin embargo, es por lo menos curioso que un fenómeno como éste se de, al igual que hace cuatro años, en el momento en que un conflicto entre el kirchnerismo y la mesa de enlace es parte de la agenda inmediata -en este caso con la aprobación de la revaluación de la tierra aprobada ayer en la provincia de Buenos Aires-.
Otra posible explicación de lo sucedido ayer es la novela del dólar, otro problema que a los argentinos de clase media y media-alta pone muy sensibles a pesar de no tener una gran incidencia en la economía doméstica. Con respecto a esto se puede decir que claramente hay un exceso de confianza en una moneda que ni siquiera es rentable como inversión, y a la cual se recurre en cualquier momento -no sólo en épocas de crisis-. En mi opinión personal, hay también cuestiones culturales impuestas por la oleada neoliberal 1976-2001 que marcaron a fuego esta desconfianza crónica en nuestra moneda. Pero esa es otra historia.
Como conclusión del cacerolazo de ayer quedan pocas certezas y muchas dudas que sólo pueden ser aclaradas con intuición. Tal vez, algunos crean en serio que la Argentina es el campo y, mucho peor, que el campo son los grandes terratenientes. Creerán que tocar al campo es meterse con lo más profundo de aquella Argentina blanca y aristocrática que defienden, a veces consciente y otras veces inconscientemente. Será, entonces, que aquellos que supieron financiar y motivar a las botas que tanto daño hicieron a nuestro país, ahora han optado por apoyarse en las cacerolas. Cacerolas que, con su avaricia y ambición ilimitada, sólo han ayudado a vaciar.
29/5/12
Lanata
Que Lanata es amante y practicante del periodismo espectáculo -y a veces hasta payasesco- no es nada nuevo. Su estilo siempre fue el mismo y fue, en gran medida, el pilar de su éxito. La necesidad de destacarse fue una constante en su trabajo y no me extraña que hoy intente ser el número uno de la oposición al gobierno kirchnerista. Él siempre necesitó ser el número uno, aunque no siempre tenga muy claro en qué.
La ideología, por lo tanto, no es un tema aparte ni va por un camino diferente. Cuando Lanata hablaba de la dictadura y entrevistaba a sus víctimas pocas personas lo hacían. Cuando Lanata fundaba diarios con miradas novedosas y críticas pocas personas lo hacían. Cuando Lanata criticaba implacablemente al menemismo pocas personas lo hacían. Siempre su ideología fue lo que pocos -al menos en el mundo de los medios- decían. Siempre estuvo ligada a su condición de eterno rebelde irreverente que era capaz de ponerse a leer el diario en vivo y en directo, o de hacer teatro de revista habiendo sido toda la vida periodista político.
A diferencia de lo que piensan muchos, yo creo que hoy Lanata no es muy distinto a aquel que fue. Hoy, si bien no sobresale por decir algo distinto, sí lo hace por decirlo de manera distinta y sigue buscando ser el número uno. Todas sus armas de payaso rebeldón y carismático, que antes supieron estar al servicio del pensamiento de izquierda, hoy están al servicio del pensamiento corporativo de un multimedio al que él, hace pocos años, criticaba ferozmente. Sin embargo, me cuesta creer que ese cambio ideológico se haya tratado simplemente de una venta al mejor postor de sus convicciones. Me cuesta creer que una valija llena de plata sea la única motivación que tuvo para cambiar su visión política. Yo creo que Lanata se dio cuenta de que, como él mismo dijo, el bando de Clarín era el más debil. No el más débil económica ni mediáticamente, pero sí el más débil en cuanto a calidad y a talento periodístico -cosas que innegablemente le sobran-. Por eso, creo yo, decidió ponerse del lado del más débil. No porque sea empático o de buen corazón, sino porque allí, en el peor equipo, es más fácil ser el número uno.
La ideología, por lo tanto, no es un tema aparte ni va por un camino diferente. Cuando Lanata hablaba de la dictadura y entrevistaba a sus víctimas pocas personas lo hacían. Cuando Lanata fundaba diarios con miradas novedosas y críticas pocas personas lo hacían. Cuando Lanata criticaba implacablemente al menemismo pocas personas lo hacían. Siempre su ideología fue lo que pocos -al menos en el mundo de los medios- decían. Siempre estuvo ligada a su condición de eterno rebelde irreverente que era capaz de ponerse a leer el diario en vivo y en directo, o de hacer teatro de revista habiendo sido toda la vida periodista político.
A diferencia de lo que piensan muchos, yo creo que hoy Lanata no es muy distinto a aquel que fue. Hoy, si bien no sobresale por decir algo distinto, sí lo hace por decirlo de manera distinta y sigue buscando ser el número uno. Todas sus armas de payaso rebeldón y carismático, que antes supieron estar al servicio del pensamiento de izquierda, hoy están al servicio del pensamiento corporativo de un multimedio al que él, hace pocos años, criticaba ferozmente. Sin embargo, me cuesta creer que ese cambio ideológico se haya tratado simplemente de una venta al mejor postor de sus convicciones. Me cuesta creer que una valija llena de plata sea la única motivación que tuvo para cambiar su visión política. Yo creo que Lanata se dio cuenta de que, como él mismo dijo, el bando de Clarín era el más debil. No el más débil económica ni mediáticamente, pero sí el más débil en cuanto a calidad y a talento periodístico -cosas que innegablemente le sobran-. Por eso, creo yo, decidió ponerse del lado del más débil. No porque sea empático o de buen corazón, sino porque allí, en el peor equipo, es más fácil ser el número uno.
2/4/12
Héroes por obligación
Cada 2 de abril, viendo los actos y los discursos habituales, me hago las mismas preguntas: ¿Qué clase de hito es la guerra de Malvinas? Más allá del reconocimiento a los caídos y a los ex combatientes ¿Es una fecha patria? ¿Vale la pena conmemorarla con banderas e himnos cantados a los gritos?
En mi opinión, los argentinos tenemos el eje corrido a la hora de recordar aquel conflicto. Inflamos el pecho, nos ponemos la escarapela y puteamos a los ingleses como si aquella hubiera sido una guerra del pueblo argentino contra el inglés por un reclamo justo como la soberanía de las islas. Sin embargo, creo que eso fue lo último que pasó.
Hay diferentes teorías que pueden explicar aquella intentona imposible e irracional. La primera es, precisamente, la de una aventura individual del por todos sabido borracho de Galtieri, que por ambiciones personales podría haberse embarcado en una acción que podría haberlo inmortalizado. La segunda, con mucha más firmeza y coherencia, es la de un manotazo de ahogado de una dictadura totalmente desgastada por los crímenes cometidos. La tercera es una teoría netamente personal pero que no me suena tan descabellada: puede que haya habido una motivación especial, respaldada por una promesa de apoyo, por parte de Estados Unidos a la junta de gobierno argentina para que entre en esa guerra que terminó sosteniendo en el poder a Margaret Thatcher, quien estaba ejecutando en Gran Bretaña las recetas neoliberales que el poder económico tanto reclamaba en todo el mundo. De esa manera, la dictadura de nuestro país le hacía un favor más que importante a su mecena Estados Unidos.
Cualquier sea la explicación, lo que hay que tener en claro es que la guerra de Malvinas poco tuvo que ver con las Islas Malvinas y mucho menos con el pueblo argentino -no importa cuantas plazas se hayan llenado- que no había votado al gobierno que la llevó a cabo, y que, por el contrario, estaba siendo aterrorizado por éste. Por ende, es necesario que se deje de recordar este día con patrioterismo y nacionalismo absurdo y que empecemos a entender que lo que hoy se recuerda no fue más que otro de los crímenes de aquella dictadura nefasta.
Por último, quiero dejar en claro que la reivindicación de aquella vergonzosa guerra usando como excusa la valentía de los chicos que combatieron en ella no hace más que confundirnos y descolocarnos a la hora de condenarla. La palabra héroe, por ejemplo, no se aplica a la situación con exactitud, y genera un río revuelto donde los pescadores del sentimiento probélico y fascista hacen su ganancia. Dicen que son héroes porque pelearon por nuestra patria cuando en realidad pelearon por los intereses de un borracho, de una dictadura asesina o del poder económico mundial. Por eso, la palabra que mejor se ajusta a estos chicos es víctimas. Víctimas que fueron obligados a ser héroes para proteger su vida y la de sus compañeros.
En mi opinión, los argentinos tenemos el eje corrido a la hora de recordar aquel conflicto. Inflamos el pecho, nos ponemos la escarapela y puteamos a los ingleses como si aquella hubiera sido una guerra del pueblo argentino contra el inglés por un reclamo justo como la soberanía de las islas. Sin embargo, creo que eso fue lo último que pasó.
Hay diferentes teorías que pueden explicar aquella intentona imposible e irracional. La primera es, precisamente, la de una aventura individual del por todos sabido borracho de Galtieri, que por ambiciones personales podría haberse embarcado en una acción que podría haberlo inmortalizado. La segunda, con mucha más firmeza y coherencia, es la de un manotazo de ahogado de una dictadura totalmente desgastada por los crímenes cometidos. La tercera es una teoría netamente personal pero que no me suena tan descabellada: puede que haya habido una motivación especial, respaldada por una promesa de apoyo, por parte de Estados Unidos a la junta de gobierno argentina para que entre en esa guerra que terminó sosteniendo en el poder a Margaret Thatcher, quien estaba ejecutando en Gran Bretaña las recetas neoliberales que el poder económico tanto reclamaba en todo el mundo. De esa manera, la dictadura de nuestro país le hacía un favor más que importante a su mecena Estados Unidos.
Cualquier sea la explicación, lo que hay que tener en claro es que la guerra de Malvinas poco tuvo que ver con las Islas Malvinas y mucho menos con el pueblo argentino -no importa cuantas plazas se hayan llenado- que no había votado al gobierno que la llevó a cabo, y que, por el contrario, estaba siendo aterrorizado por éste. Por ende, es necesario que se deje de recordar este día con patrioterismo y nacionalismo absurdo y que empecemos a entender que lo que hoy se recuerda no fue más que otro de los crímenes de aquella dictadura nefasta.
Por último, quiero dejar en claro que la reivindicación de aquella vergonzosa guerra usando como excusa la valentía de los chicos que combatieron en ella no hace más que confundirnos y descolocarnos a la hora de condenarla. La palabra héroe, por ejemplo, no se aplica a la situación con exactitud, y genera un río revuelto donde los pescadores del sentimiento probélico y fascista hacen su ganancia. Dicen que son héroes porque pelearon por nuestra patria cuando en realidad pelearon por los intereses de un borracho, de una dictadura asesina o del poder económico mundial. Por eso, la palabra que mejor se ajusta a estos chicos es víctimas. Víctimas que fueron obligados a ser héroes para proteger su vida y la de sus compañeros.
25/3/12
"Los derechos humanos de ahora"
¿Cuántas veces escuchamos esta frase? ¿Cuántas veces fue usada para criticar al gobierno por su política de derechos humanos? ¿Cuántas veces salió de boca de los gurúes de la lucha contra la inseguridad?
La verdad es que es un argumento ingenioso. Dicen que el gobierno se ocupa de "los derechos humanos de los setenta" pero no de los actuales, ya que no detiene la inseguridad. Más allá de si el gobierno hace algo o no por combatir la inseguridad -debate que quedará para otro momento-, el argumento es de un nivel de análisis sumamente superficial o, y me inclino por esta última, mal intencionado.
La última dictadura no fue nefasta solamente por sus crímenes. Fue, además, la represión necesaria para la instalación de un sistema económico, político, social y cultural neoliberal que se profundizó en los noventa durante el menemismo. Un sistema que arrasó con la producción nacional, con el estado de bienestar construido por el primer peronismo y con la economía del país. Un sistema que arrasó también con los valores culturales existentes en el país y generó un clima de "sálvese quien pueda" y de pisar cabezas que se mantiene en la actualidad y se encuentra en el debe del kirchnerismo.
Por eso, para entender la problemática de la inseguridad hay que entender también que éste, al igual que casi todos los países atacados por el neoliberalismo, es un país sumergido, de a ratos más de a ratos menos, en la miseria. La miseria económica y social de tener una cantidad enorme de gente marginada, y la miseria cultural de que tanto "los de abajo" como "los del medio" sientan que el mayor enemigo es ese con el que conviven y que tienen a mano para descargar en él sus frustraciones. Ni unos ni otros se dan cuenta, entonces, que ambos son víctimas del que está arriba. Ese que se esconde en un barrio privado o en otro país, y que a veces ni siquiera tiene cara.
En conclusión, la inseguridad no es más que uno de los síntomas de una enfermedad que se fue gestando durante 25 años y que explotó hace 10. Una enfermedad que se metió en nuestro organismo a través del fuego y la sangre de aquella dictadura que empezó hace exactamente 36 años. Una enfermedad que, le pese o no a los reconocidos luchadores por "los derechos humanos de ahora", no se puede curar en el presente sin enterrar con justicia y memoria aquel escalofriante momento del contagio.
La verdad es que es un argumento ingenioso. Dicen que el gobierno se ocupa de "los derechos humanos de los setenta" pero no de los actuales, ya que no detiene la inseguridad. Más allá de si el gobierno hace algo o no por combatir la inseguridad -debate que quedará para otro momento-, el argumento es de un nivel de análisis sumamente superficial o, y me inclino por esta última, mal intencionado.
La última dictadura no fue nefasta solamente por sus crímenes. Fue, además, la represión necesaria para la instalación de un sistema económico, político, social y cultural neoliberal que se profundizó en los noventa durante el menemismo. Un sistema que arrasó con la producción nacional, con el estado de bienestar construido por el primer peronismo y con la economía del país. Un sistema que arrasó también con los valores culturales existentes en el país y generó un clima de "sálvese quien pueda" y de pisar cabezas que se mantiene en la actualidad y se encuentra en el debe del kirchnerismo.
Por eso, para entender la problemática de la inseguridad hay que entender también que éste, al igual que casi todos los países atacados por el neoliberalismo, es un país sumergido, de a ratos más de a ratos menos, en la miseria. La miseria económica y social de tener una cantidad enorme de gente marginada, y la miseria cultural de que tanto "los de abajo" como "los del medio" sientan que el mayor enemigo es ese con el que conviven y que tienen a mano para descargar en él sus frustraciones. Ni unos ni otros se dan cuenta, entonces, que ambos son víctimas del que está arriba. Ese que se esconde en un barrio privado o en otro país, y que a veces ni siquiera tiene cara.
En conclusión, la inseguridad no es más que uno de los síntomas de una enfermedad que se fue gestando durante 25 años y que explotó hace 10. Una enfermedad que se metió en nuestro organismo a través del fuego y la sangre de aquella dictadura que empezó hace exactamente 36 años. Una enfermedad que, le pese o no a los reconocidos luchadores por "los derechos humanos de ahora", no se puede curar en el presente sin enterrar con justicia y memoria aquel escalofriante momento del contagio.
18/3/12
El far west
El hecho de violencia ocurrido hace unos días en lo del conductor "Baby" Etchecopar dejó en el aire una duda de la que pocos se hicieron eco y que la justicia ni se dignó a disipar: ¿Por qué, si los disparos efectuados por las víctimas del asalto fueron en legítima defensa, el delincuente muerto tenía en su cuerpo nada menos que 8 balazos? ¿Acaso necesitaron Etchecopar y su hijo dispararle ocho veces para reducirlo? ¿o fue, como personalmente y por pura intuición me animo a adivinar, una verdadera ejecución?
Los antecedentes de "Baby" no lo ayudan. Se lo ha escuchado decir en vivo y en directo "si entran a mi casa los mato", en clara premeditación de una reacción que supuestamente se da bajo el efecto de una situación traumática y violenta. Debido a esto, y a demás posicionamientos que el conductor ha mostrado abiertamente sobre la temática de la inseguridad, no es difícil imaginar que algunos de esos tiros que recibió el ladrón muerto hayan sido efectuados luego de que éste hubiera perdido el conocimiento, y con la clara intención de matarlo. En todo caso, esa investigación le correspondería a la justicia que a pocas horas de ocurrido el hecho lo dio por cerrado con la figura de la legítima defensa privilegiada y que no parece haber puesto mucho énfasis en aclarar la polémica de los ocho balazos.
Esto último se desprende de una temática mucho mayor: la absolución de gran parte de la sociedad, fomentada por el frenesí vengativo de los medios de comunicación dominantes, hacia aquellos que matan a un delincuente. Pareciera que la justicia debería en esos casos taparse los ojos y permitir cualquier hecho de violencia en contra de los "malvivientes" que realizan este tipo de asaltos. Pareciera, al fin y al cabo, que la justicia debería permitir que el país se convierta en un "far west" donde las víctimas de la inseguridad puedan hacer justicia por mano propia y, ¿por qué no?, prevención por mano propia hacia cualquiera que parezca sospechoso.
No pretendo con esta reflexión justificar a quienes realizan actos de delincuencia; ese es un debate mucho mayor que ameritaría otra nota entera. Y mucho menos pretendo justificar a la justicia y a las fuerzas de seguridad que tiran más leña al fuego con su cuestionable desempeño y que le dan a los referentes de esta cultura de la venganza las excusas perfectas para construir sus argumentos. Lo que pretendo, al fin y al cabo, es que nos saquemos las caretas de una vez por todas y definamos como queremos actuar frente al delito. Que definamos de una vez por todas si queremos apegarnos a la ley y bancarnos aquellas situaciones injustas en las que una víctima termina pagando más culpas que el victimario, siempre deseando que la justicia mejore y podamos, de a poco, ir confiando más en ella. O si queremos, en definitiva, que nos permitan "defendernos" como querramos y que esto se convierta en ni más ni menos que una guerra civil.
Lamentablemente, no hay un punto medio en el que descansar, salvo, claro, que uno sea "Baby" Etchecopar y tenga un conglomerado de medios defendiendo nuestra forma de actuar, posiblemente hasta con mentiras en la reconstrucción de los hechos. En ese caso, podemos ejecutar de ocho balazos a un delincuente sin condena alguna.
Los antecedentes de "Baby" no lo ayudan. Se lo ha escuchado decir en vivo y en directo "si entran a mi casa los mato", en clara premeditación de una reacción que supuestamente se da bajo el efecto de una situación traumática y violenta. Debido a esto, y a demás posicionamientos que el conductor ha mostrado abiertamente sobre la temática de la inseguridad, no es difícil imaginar que algunos de esos tiros que recibió el ladrón muerto hayan sido efectuados luego de que éste hubiera perdido el conocimiento, y con la clara intención de matarlo. En todo caso, esa investigación le correspondería a la justicia que a pocas horas de ocurrido el hecho lo dio por cerrado con la figura de la legítima defensa privilegiada y que no parece haber puesto mucho énfasis en aclarar la polémica de los ocho balazos.
Esto último se desprende de una temática mucho mayor: la absolución de gran parte de la sociedad, fomentada por el frenesí vengativo de los medios de comunicación dominantes, hacia aquellos que matan a un delincuente. Pareciera que la justicia debería en esos casos taparse los ojos y permitir cualquier hecho de violencia en contra de los "malvivientes" que realizan este tipo de asaltos. Pareciera, al fin y al cabo, que la justicia debería permitir que el país se convierta en un "far west" donde las víctimas de la inseguridad puedan hacer justicia por mano propia y, ¿por qué no?, prevención por mano propia hacia cualquiera que parezca sospechoso.
No pretendo con esta reflexión justificar a quienes realizan actos de delincuencia; ese es un debate mucho mayor que ameritaría otra nota entera. Y mucho menos pretendo justificar a la justicia y a las fuerzas de seguridad que tiran más leña al fuego con su cuestionable desempeño y que le dan a los referentes de esta cultura de la venganza las excusas perfectas para construir sus argumentos. Lo que pretendo, al fin y al cabo, es que nos saquemos las caretas de una vez por todas y definamos como queremos actuar frente al delito. Que definamos de una vez por todas si queremos apegarnos a la ley y bancarnos aquellas situaciones injustas en las que una víctima termina pagando más culpas que el victimario, siempre deseando que la justicia mejore y podamos, de a poco, ir confiando más en ella. O si queremos, en definitiva, que nos permitan "defendernos" como querramos y que esto se convierta en ni más ni menos que una guerra civil.
Lamentablemente, no hay un punto medio en el que descansar, salvo, claro, que uno sea "Baby" Etchecopar y tenga un conglomerado de medios defendiendo nuestra forma de actuar, posiblemente hasta con mentiras en la reconstrucción de los hechos. En ese caso, podemos ejecutar de ocho balazos a un delincuente sin condena alguna.
23/2/12
La nueva pelea
¿Es aceptable, para un aspirante a periodista, cambiar en cuatro meses su forma de pensar y comenzar a tener ciertas dudas? ¿Soy, acaso, el único decepcionado con lo que estamos viendo estos últimos meses? ¿Espero demasiado?
Hace cuatro meses, cuando Cristina Fernández fue reelegida, escribí una nota elogiándola y diciendo, entre otras cosas, que era una buena mina. La verdad es que yo veía algo diferente en ella, diferente a los demás políticos. Algo que me hacía pensar que no todo lo que hacía era por pragmatismo político y ambición de poder, sino que había en ella ideas y sentimientos más profundos. Algo de eso que tenía Eva.
Hoy por hoy mi percepción cambió bastante. Tal vez no tanto de la figura de Cristina en sí (aunque un poco sí), sino, y sobre todo, de su gestión. No veo, por ejemplo, la profundización que me gustaría ver y que no me parece tan descabellada con un 54% encima. No veo, más allá de la confusa pelea con Moyano, un intento serio de renovación de un aparato que cuenta en sus filas con demasiados tipos impresentables. No veo voluntad de generar soluciones para ciertos problemas que la gente, ya sea influenciada por los medios o no, reclama urgentemente (llámese regulación a la minería, cambios en la policía para combatir la inseguridad, más presupuesto y regulación en el tema trenes para evitar accidentes como el de ayer, etc.). No veo, en definitiva, que las cosas vayan para adelante.
Me quedan entonces tres opciones. La primera es hacerme el boludo y seguir defendiendo lo indefendible, pero para eso necesito un nivel de disciplinamiento y voluntad militante que no tengo. La segunda, peor aún, es convertirme en un opositor, lo cual implicaría olvidarme de todas aquellas cosas que valoro de este gobierno y de lo mucho que ha cambiado el país desde el 2003. Me quedaré con la tercera, entonces, que no es más que la crítica constructiva. Esa, que con el código binario de pensamiento que se ha apoderado de todo este último tiempo ha quedado pisoteada y a merced de los carroñeros que la usan para beneficio propio.
En conclusión, todavía apoyo al gobierno por que valoro lo que hizo y no veo nada mejor en el arco político. Sin embargo, algo ha cambiado en mi forma de pensar y estoy dispuesto a pelear, desde mi humilde posición de ciudadano, en la nueva pelea que es al interior del kirchnerismo. Y en ella, desde hace cuatro meses estoy perdiendo.
Hace cuatro meses, cuando Cristina Fernández fue reelegida, escribí una nota elogiándola y diciendo, entre otras cosas, que era una buena mina. La verdad es que yo veía algo diferente en ella, diferente a los demás políticos. Algo que me hacía pensar que no todo lo que hacía era por pragmatismo político y ambición de poder, sino que había en ella ideas y sentimientos más profundos. Algo de eso que tenía Eva.
Hoy por hoy mi percepción cambió bastante. Tal vez no tanto de la figura de Cristina en sí (aunque un poco sí), sino, y sobre todo, de su gestión. No veo, por ejemplo, la profundización que me gustaría ver y que no me parece tan descabellada con un 54% encima. No veo, más allá de la confusa pelea con Moyano, un intento serio de renovación de un aparato que cuenta en sus filas con demasiados tipos impresentables. No veo voluntad de generar soluciones para ciertos problemas que la gente, ya sea influenciada por los medios o no, reclama urgentemente (llámese regulación a la minería, cambios en la policía para combatir la inseguridad, más presupuesto y regulación en el tema trenes para evitar accidentes como el de ayer, etc.). No veo, en definitiva, que las cosas vayan para adelante.
Me quedan entonces tres opciones. La primera es hacerme el boludo y seguir defendiendo lo indefendible, pero para eso necesito un nivel de disciplinamiento y voluntad militante que no tengo. La segunda, peor aún, es convertirme en un opositor, lo cual implicaría olvidarme de todas aquellas cosas que valoro de este gobierno y de lo mucho que ha cambiado el país desde el 2003. Me quedaré con la tercera, entonces, que no es más que la crítica constructiva. Esa, que con el código binario de pensamiento que se ha apoderado de todo este último tiempo ha quedado pisoteada y a merced de los carroñeros que la usan para beneficio propio.
En conclusión, todavía apoyo al gobierno por que valoro lo que hizo y no veo nada mejor en el arco político. Sin embargo, algo ha cambiado en mi forma de pensar y estoy dispuesto a pelear, desde mi humilde posición de ciudadano, en la nueva pelea que es al interior del kirchnerismo. Y en ella, desde hace cuatro meses estoy perdiendo.
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