El hecho de violencia ocurrido hace unos días en lo del conductor "Baby" Etchecopar dejó en el aire una duda de la que pocos se hicieron eco y que la justicia ni se dignó a disipar: ¿Por qué, si los disparos efectuados por las víctimas del asalto fueron en legítima defensa, el delincuente muerto tenía en su cuerpo nada menos que 8 balazos? ¿Acaso necesitaron Etchecopar y su hijo dispararle ocho veces para reducirlo? ¿o fue, como personalmente y por pura intuición me animo a adivinar, una verdadera ejecución?
Los antecedentes de "Baby" no lo ayudan. Se lo ha escuchado decir en vivo y en directo "si entran a mi casa los mato", en clara premeditación de una reacción que supuestamente se da bajo el efecto de una situación traumática y violenta. Debido a esto, y a demás posicionamientos que el conductor ha mostrado abiertamente sobre la temática de la inseguridad, no es difícil imaginar que algunos de esos tiros que recibió el ladrón muerto hayan sido efectuados luego de que éste hubiera perdido el conocimiento, y con la clara intención de matarlo. En todo caso, esa investigación le correspondería a la justicia que a pocas horas de ocurrido el hecho lo dio por cerrado con la figura de la legítima defensa privilegiada y que no parece haber puesto mucho énfasis en aclarar la polémica de los ocho balazos.
Esto último se desprende de una temática mucho mayor: la absolución de gran parte de la sociedad, fomentada por el frenesí vengativo de los medios de comunicación dominantes, hacia aquellos que matan a un delincuente. Pareciera que la justicia debería en esos casos taparse los ojos y permitir cualquier hecho de violencia en contra de los "malvivientes" que realizan este tipo de asaltos. Pareciera, al fin y al cabo, que la justicia debería permitir que el país se convierta en un "far west" donde las víctimas de la inseguridad puedan hacer justicia por mano propia y, ¿por qué no?, prevención por mano propia hacia cualquiera que parezca sospechoso.
No pretendo con esta reflexión justificar a quienes realizan actos de delincuencia; ese es un debate mucho mayor que ameritaría otra nota entera. Y mucho menos pretendo justificar a la justicia y a las fuerzas de seguridad que tiran más leña al fuego con su cuestionable desempeño y que le dan a los referentes de esta cultura de la venganza las excusas perfectas para construir sus argumentos. Lo que pretendo, al fin y al cabo, es que nos saquemos las caretas de una vez por todas y definamos como queremos actuar frente al delito. Que definamos de una vez por todas si queremos apegarnos a la ley y bancarnos aquellas situaciones injustas en las que una víctima termina pagando más culpas que el victimario, siempre deseando que la justicia mejore y podamos, de a poco, ir confiando más en ella. O si queremos, en definitiva, que nos permitan "defendernos" como querramos y que esto se convierta en ni más ni menos que una guerra civil.
Lamentablemente, no hay un punto medio en el que descansar, salvo, claro, que uno sea "Baby" Etchecopar y tenga un conglomerado de medios defendiendo nuestra forma de actuar, posiblemente hasta con mentiras en la reconstrucción de los hechos. En ese caso, podemos ejecutar de ocho balazos a un delincuente sin condena alguna.
18/3/12
23/2/12
La nueva pelea
¿Es aceptable, para un aspirante a periodista, cambiar en cuatro meses su forma de pensar y comenzar a tener ciertas dudas? ¿Soy, acaso, el único decepcionado con lo que estamos viendo estos últimos meses? ¿Espero demasiado?
Hace cuatro meses, cuando Cristina Fernández fue reelegida, escribí una nota elogiándola y diciendo, entre otras cosas, que era una buena mina. La verdad es que yo veía algo diferente en ella, diferente a los demás políticos. Algo que me hacía pensar que no todo lo que hacía era por pragmatismo político y ambición de poder, sino que había en ella ideas y sentimientos más profundos. Algo de eso que tenía Eva.
Hoy por hoy mi percepción cambió bastante. Tal vez no tanto de la figura de Cristina en sí (aunque un poco sí), sino, y sobre todo, de su gestión. No veo, por ejemplo, la profundización que me gustaría ver y que no me parece tan descabellada con un 54% encima. No veo, más allá de la confusa pelea con Moyano, un intento serio de renovación de un aparato que cuenta en sus filas con demasiados tipos impresentables. No veo voluntad de generar soluciones para ciertos problemas que la gente, ya sea influenciada por los medios o no, reclama urgentemente (llámese regulación a la minería, cambios en la policía para combatir la inseguridad, más presupuesto y regulación en el tema trenes para evitar accidentes como el de ayer, etc.). No veo, en definitiva, que las cosas vayan para adelante.
Me quedan entonces tres opciones. La primera es hacerme el boludo y seguir defendiendo lo indefendible, pero para eso necesito un nivel de disciplinamiento y voluntad militante que no tengo. La segunda, peor aún, es convertirme en un opositor, lo cual implicaría olvidarme de todas aquellas cosas que valoro de este gobierno y de lo mucho que ha cambiado el país desde el 2003. Me quedaré con la tercera, entonces, que no es más que la crítica constructiva. Esa, que con el código binario de pensamiento que se ha apoderado de todo este último tiempo ha quedado pisoteada y a merced de los carroñeros que la usan para beneficio propio.
En conclusión, todavía apoyo al gobierno por que valoro lo que hizo y no veo nada mejor en el arco político. Sin embargo, algo ha cambiado en mi forma de pensar y estoy dispuesto a pelear, desde mi humilde posición de ciudadano, en la nueva pelea que es al interior del kirchnerismo. Y en ella, desde hace cuatro meses estoy perdiendo.
Hace cuatro meses, cuando Cristina Fernández fue reelegida, escribí una nota elogiándola y diciendo, entre otras cosas, que era una buena mina. La verdad es que yo veía algo diferente en ella, diferente a los demás políticos. Algo que me hacía pensar que no todo lo que hacía era por pragmatismo político y ambición de poder, sino que había en ella ideas y sentimientos más profundos. Algo de eso que tenía Eva.
Hoy por hoy mi percepción cambió bastante. Tal vez no tanto de la figura de Cristina en sí (aunque un poco sí), sino, y sobre todo, de su gestión. No veo, por ejemplo, la profundización que me gustaría ver y que no me parece tan descabellada con un 54% encima. No veo, más allá de la confusa pelea con Moyano, un intento serio de renovación de un aparato que cuenta en sus filas con demasiados tipos impresentables. No veo voluntad de generar soluciones para ciertos problemas que la gente, ya sea influenciada por los medios o no, reclama urgentemente (llámese regulación a la minería, cambios en la policía para combatir la inseguridad, más presupuesto y regulación en el tema trenes para evitar accidentes como el de ayer, etc.). No veo, en definitiva, que las cosas vayan para adelante.
Me quedan entonces tres opciones. La primera es hacerme el boludo y seguir defendiendo lo indefendible, pero para eso necesito un nivel de disciplinamiento y voluntad militante que no tengo. La segunda, peor aún, es convertirme en un opositor, lo cual implicaría olvidarme de todas aquellas cosas que valoro de este gobierno y de lo mucho que ha cambiado el país desde el 2003. Me quedaré con la tercera, entonces, que no es más que la crítica constructiva. Esa, que con el código binario de pensamiento que se ha apoderado de todo este último tiempo ha quedado pisoteada y a merced de los carroñeros que la usan para beneficio propio.
En conclusión, todavía apoyo al gobierno por que valoro lo que hizo y no veo nada mejor en el arco político. Sin embargo, algo ha cambiado en mi forma de pensar y estoy dispuesto a pelear, desde mi humilde posición de ciudadano, en la nueva pelea que es al interior del kirchnerismo. Y en ella, desde hace cuatro meses estoy perdiendo.
9/2/12
Blanco o negro
Nunca me cayeron bien los que ningunean a su propio país y se babean con otros (generalmente Estados Unidos o Europa) a los que consideran infinitamente superiores. Incluso, llegué al punto de convertirme, paradójicamente, en un crítico a la sociedad argentina por su propia costumbre de criticar en demasía. Sin embargo, existe otra costumbre que me enerva casi tanto como esa y de la cual he sido (y suelo ser) víctima: la de ver absolutamente todo en blanco o negro.
Ayer, cuando me enteré de la muerte de Spinetta, pensé en la dicotomía que lo separó, durante mucho tiempo, con Charly, otro de los padres del rock nacional. De la misma manera, en los 80/90, las dos bandas argentinas más importantes, Soda y Los Redondos, se vieron inmersas en una rivalidad generada por el público.
En el ámbito del fútbol, otra de las grandes pasiones argentinas, no hay que pensar demasiado para encontrar la gran dicotomía entre "bilardismo" y "menotismo". Dos formas diferentes de entender este juego que se convirtieron, durante algún tiempo, en los bandos de una guerra mediática que impedía a los unos disfrutar las victorias de los otros.
Por último, y tal vez más importante, está el mundo de la política. Allí, las grandes rivalidades están a la orden del día y se viven, en ocasiones, hasta con violencia. No obstante, permítanme enunciar una excepción a mi propia opinión: el exceso de grises puede convertir a la política en una herramienta inútil para generar los cambios necesarios y puede producir una sensación de que todo es lo mismo. En ese caso, un poco de blanco y negro no viene mal, aunque si se convierte en nocivo cuando no se permite otro color.
En fin, ya sea para diferenciarse de otro para generar una identidad propia, por necesidad de descargar tensiones mediante discusiones eternas o por simple amor a las rivalidades insalvables, el ver la realidad en extremos es una costumbre de esas que provoca el regodeo de los que viven mirando hacia el norte. Y pocas cosas me molestan más que darle excusas a esa gente.
Ayer, cuando me enteré de la muerte de Spinetta, pensé en la dicotomía que lo separó, durante mucho tiempo, con Charly, otro de los padres del rock nacional. De la misma manera, en los 80/90, las dos bandas argentinas más importantes, Soda y Los Redondos, se vieron inmersas en una rivalidad generada por el público.
En el ámbito del fútbol, otra de las grandes pasiones argentinas, no hay que pensar demasiado para encontrar la gran dicotomía entre "bilardismo" y "menotismo". Dos formas diferentes de entender este juego que se convirtieron, durante algún tiempo, en los bandos de una guerra mediática que impedía a los unos disfrutar las victorias de los otros.
Por último, y tal vez más importante, está el mundo de la política. Allí, las grandes rivalidades están a la orden del día y se viven, en ocasiones, hasta con violencia. No obstante, permítanme enunciar una excepción a mi propia opinión: el exceso de grises puede convertir a la política en una herramienta inútil para generar los cambios necesarios y puede producir una sensación de que todo es lo mismo. En ese caso, un poco de blanco y negro no viene mal, aunque si se convierte en nocivo cuando no se permite otro color.
En fin, ya sea para diferenciarse de otro para generar una identidad propia, por necesidad de descargar tensiones mediante discusiones eternas o por simple amor a las rivalidades insalvables, el ver la realidad en extremos es una costumbre de esas que provoca el regodeo de los que viven mirando hacia el norte. Y pocas cosas me molestan más que darle excusas a esa gente.
1/2/12
Buenos Aires
Para los porteños, Buenos Aires es como ese primer amor al que siempre se vuelve o, por lo menos, se recuerda con nostalgia. La verdad es que podemos putearla cuando nos metemos en un embotellamiento, cuando no podemos caminar sin chocarnos, o incluso cuando se convierte en un refugio de la xenofobia y la grasa consumista. Sin embargo, siempre que volvamos a ella, sea cual fuere el tiempo que estuvimos lejos, va a ser como si nunca nos hubiéramos ido. Por que es, en definitiva, nuestro lugar en el mundo.
15/1/12
Gesell
Antes de irme a Gesell tengo una cosa que aclarar: yo iba antes de que estuviera de moda.
Y también tengo una predicción: va a ser una visagra en mi vida. Y si no lo es, por lo menos me voy a desquitar con mi hígado.
Y también tengo una predicción: va a ser una visagra en mi vida. Y si no lo es, por lo menos me voy a desquitar con mi hígado.
9/1/12
Lujos "útiles"
Desde hace varios años el fútbol argentino es horrible. Los partidos son tremendamente aburridos, hay pocos goles, y casi ningún equipo hace cuatro toques seguidos sin tirar un pelotazo a dividir.
La responsabilidad por este fenómeno es compartida entre muchos factores. Por un lado, la temprana emigración de los mejores jugadores (negociados dirigenciales incluídos); por otro, los problemas económicos de la mayoría de los clubes, lo cual, inevitablemente, se traslada a lo deportivo. Sin embargo, hay un factor que, en mi opinión, es decisivo en esta cuestión: el exitismo/resultadismo inmediato e histérico generado por el poder que maneja el fútbol y transmitido a través de los medios de comunicación de ese poder hasta penetrar en el común de los aficionados al fútbol. Toda una dinámica que, lamentablemente, tuvo éxito.
Una de las manifestaciones más paradigmáticas de ese fenómeno es una frase tan común como detestable: lujos "útiles". La misma, que es utilizada por gran cantidad de periodistas deportivos y que sobrevuela muchas de las charlas de fútbol que se dan a lo largo y ancho del país, se refiere a una situación en la que el jugador tiró un lujo (llámese caño, taco o lo que sea) y el mismo sirvió para generar una jugada de peligro o para safar de la marca. Obviamente, los mismos que usan dicha frase suelen ser los que critican y murmuran cuando un jugador tira un lujo que resulta "inútil".
Ahora yo pregunto: ¿hace falta que un lujo termine en una jugada de peligro para que sea "útil"? ¿No es más lindo el fútbol por los jugadores que se animan a tirar un caño o un taco solamente porque quieren? ¿Hemos llegado a tal nivel de histeria y exitismo que no podemos disfrutar de las cosas más hermosas que tiene este juego? Lamentablemente, la respuesta parece ser que sí.
Por mi parte, me quedo con esos jugadores que mencioné anteriormente. Esos que evitan que el fútbol se reduzca a una cuenta matemática que puede apreciarse totalmente en el diario del lunes. Por ejemplo, "El flaco" Pastore.
La responsabilidad por este fenómeno es compartida entre muchos factores. Por un lado, la temprana emigración de los mejores jugadores (negociados dirigenciales incluídos); por otro, los problemas económicos de la mayoría de los clubes, lo cual, inevitablemente, se traslada a lo deportivo. Sin embargo, hay un factor que, en mi opinión, es decisivo en esta cuestión: el exitismo/resultadismo inmediato e histérico generado por el poder que maneja el fútbol y transmitido a través de los medios de comunicación de ese poder hasta penetrar en el común de los aficionados al fútbol. Toda una dinámica que, lamentablemente, tuvo éxito.
Una de las manifestaciones más paradigmáticas de ese fenómeno es una frase tan común como detestable: lujos "útiles". La misma, que es utilizada por gran cantidad de periodistas deportivos y que sobrevuela muchas de las charlas de fútbol que se dan a lo largo y ancho del país, se refiere a una situación en la que el jugador tiró un lujo (llámese caño, taco o lo que sea) y el mismo sirvió para generar una jugada de peligro o para safar de la marca. Obviamente, los mismos que usan dicha frase suelen ser los que critican y murmuran cuando un jugador tira un lujo que resulta "inútil".
Ahora yo pregunto: ¿hace falta que un lujo termine en una jugada de peligro para que sea "útil"? ¿No es más lindo el fútbol por los jugadores que se animan a tirar un caño o un taco solamente porque quieren? ¿Hemos llegado a tal nivel de histeria y exitismo que no podemos disfrutar de las cosas más hermosas que tiene este juego? Lamentablemente, la respuesta parece ser que sí.
Por mi parte, me quedo con esos jugadores que mencioné anteriormente. Esos que evitan que el fútbol se reduzca a una cuenta matemática que puede apreciarse totalmente en el diario del lunes. Por ejemplo, "El flaco" Pastore.
3/1/12
Lo que tenía que hacer
- Hice lo que tenía que hacer.
Repetía esa frase todo el tiempo, como queriendo autoconvencerse de ella, pero cada vez que la decía sonaba menos convincente.
- Era él o yo, con esos tipos no se jode.
- Pero ¿qué era lo tan grave que había hecho como para ser peligroso? - le pregunté algo ingenuamente.
- Vos no entendés, sos muy pibe para entender. Había muchos intereses en juego, mucha guita. Él podía hacerlos perder un negocio redondo, y lo venía demostrando desde hacía años – continuaba sin soltar un segundo su taza de café negro en jarrito, sin azúcar ni crema. Me acuerdo perfectamente por lo extraña que me resultaba esa forma de tomarlo. Decidí insistir con mi inquietud.
- Será que soy muy pibe, puede ser, y por ahí un poco ajeno a estos manejos; pero sigo sin entender como un tipo puede meterse en tantos quilombos tan sólo por su habilidad para jugar al fútbol.
- No era sólo lo que podía hacer con la pelota, era lo que representaba. Un tipo salido de una villa en el culo del mundo que se había convertido en un ícono hasta en el último rincón. Y encima era desafiante, no se callaba nada y sabía bien lo que quería. Era muy peligroso.
- ¿Qué era lo que quería?
- Justicia. Tan simple como eso. Que los jugadores reciban la parte de la torta que les correspondía.
- Pero los jugadores ganan fortunas…
- Si, los de primera. ¿Sabés cuanto ganan los de las divisiones más bajas? Migajas, algunos hasta son amateur. Él peleaba por todos esos que no tenían voz.
- Me parece que voy entendiendo; la mayor parte se la llevaban los empresarios. Igual no creo que haya cambiado mucho eso, eh.
- Mucho no, pero algo sí.
Mientras él me explicaba cuestiones económicas, me quedé pensando en por qué habría hecho lo que hizo si creía tanto en lo justo de aquel reclamo. Supuse que lo habían amenazado, así que decidí confirmarlo.
- Pero si era tan justo lo que reclamaban, ¿por qué lo hiciste?
- Fácil: me amenazaron. Yo me había mandado una cagada hacía unos meses en mi club y este hijo de puta me había cubierto con su poder por que sabía que había una oferta millonaria para llevarme a Europa y quería su parte. Así que cuando vieron la necesidad no dudaron en usarme. Me tenían agarrado de las pelotas.
- Pero si era la primera vez que te agarraban por ahí te daban seis meses o un año y después podías volver. A él ya le había pasado.
- Si, pero yo no era él. Tenía 29 años y nunca me había ido de la Argentina, a lo sumo podría haber vuelto a algún equipo mediocre de acá a ganar dos mangos. Esto era un palo verde por dos años de contrato, no podía decir que no así como así y tener que poner un parripollo después de retirarme. Entendeme, no podía.
En ese momento se agarró la cabeza y la giró para ambos lados sucesivamente como lamentándose, 18 años después, por lo que había hecho. Le hice rápido una pregunta para romper el hielo.
- ¿Cómo lo hiciste?
Se quedó callado un segundo, como recuperándose. Miró a la ventana y comenzó a hablar con resignación.
- Le puse una cucharada en su botella de agua. Ellos la habían conseguido rápido, se ve que tenían contactos, no se si me entendés; y me la mandaron por un mozo de la confitería del hotel. Todos sabían que él las hacía todas y que incluso ya lo habían agarrado una vez en Italia, por eso nadie le iba a creer. Pero esa vez no había hecho nada. Te juro que se estaba matando para no hacer nada…
Después de pasar unos instantes en silencio, con la mirada perdida en la calle, pidió la cuenta con un gesto y decidió sacarse una duda:
- Mirá pibe, yo esto te lo conté por que no daba más. Cada torneo en el que fracasamos es una puñalada de culpa para mí. Aparte vos parecés confiable, tenés curiosidad pero no matarías a tu vieja por una primicia como muchos de esos buitres con los que trabajás. Se que si te pido que no publiques no publicás. ¿O me equivoco?
En ese momento vino el mozo con la cuenta y esperé a que le pague para hablar tranquilo. La noticia me quemaba en las manos, era una posibilidad muy grande para escalar en el diario, pero tampoco quería convertirme en uno de esos buitres de los que él hablaba. Entonces intenté hacerlo por las buenas.
- Yo no voy a publicar nada que no quieras, quedate tranquilo. Pero me parece que a vos te vendría bien confesarlo. ¿No decís que te carcome la culpa?
- A veces, pero ya aprendí a vivir con eso. No se si voy a poder aprender a vivir con el odio de mi país. De eso no se vuelve. – dijo poniéndose la campera y levantándose.
- Pero podrías decírselo a él nomás, y pedirle disculpas. –insistí ya sin pensar en la primicia.
- ¿Eh? ¿Estás loco vos? En seguida se enteraría todo el mundo igual y me cagaría la vida. Y en definitiva, a él las piernas no le van a volver a crecer. Perdoname, pibe, pero era lo que tenía que hacer. –concluyó caminando hacia la puerta.
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